lunes

Y te da solo lo que te mereces.

Yo no estaba segura, solo quería acabar para siempre ese drama morboso de quejas y suspiros que no me sana, y que además desarrolla suspicacias que por agudas y sutiles las creo y me las clavo sin ayuda de nadie. Tal vez por ello le invité a aquella cita, lo hice sin que pudiera preparar el monologo a cuadros y rombos, sin nomenclaturas ni puentes que solía usar con mi ingenuidad. Con algo saldrá- me dije, pero no coincidirán las diagonales con sus esquinas. Nacido de un embrión común había hecho monstruosidades con sus manos sin huesos y su pensamiento que creía demostrar un futuro. No es que le critique, ¡que cosa más regular sería! No. Solo quisiera desarmar esa mirada que inventa e ilumina lo inventado con una sola luz. Ya no me enfermo de risa como antes, aunque ¡claro! se lo muy probable que es lo imposible cuando te dan caprichos.

Recordaba también como despotricaba de esta realidad, sospechosa pero llena de confianza. Hay que tener los ojos bien abiertos y permanecer bien despiertos- me indicaba- para entender hacia donde van las metas de la cada vez menos nueva administración actual. No era paradójico, al menos no para mí. Era ese clima acondicionado que deshace temores, que previene errores permanentes, que distribuye la responsabilidad de la operación y que mantiene un trato con todos los que directamente damos el servicio por estimulante y no amenazador. Una supuesta filosofía que decía llegar para enderezar unos resultados pasados que para todos creaban insatisfacción (bah!).

Esta era pues la columna argumental de una historia de odio y amor particular, el destino que cada quien encuentra y que te da solo lo que te mereces. No hay ningún error en las circunstancias, no hay casualidad, en fin, no hay otro camino que el que nos ha tocado. En esta historia hay un presente confuso, un presente que no se entiende. Es una sensación difícil que no me permite ordenar el pensamiento según mis propias certezas, que me regala dichas y me roba energías. Y es que, por muy rara que sea la condición en que experimento la compañía, por muy poco común que resulte el plano de una relación conmigo y con mi “paranoia”, no hay nada más claro que no se tienen certezas que… ¿ayuden a vivir? ¿No habría que crear con el afecto un plano estable para ascender en conocimiento, en todos los desafíos que al hombre se le presentan? O, en otro sentido, ¿Será el encuentro entre hombres uno de aquellos desafíos con los que jamás se tienen certezas, y de los que se desprenden quienes en otros terrenos pueden conquistar metas? ¿Habrá que renunciar, como he decidió hacerlo, a encontrar paz en la compañía? Vi a muchos renunciar a esta quimera para prosperar en sus sueños ¿sueños egoístas, de espejo tal vez?

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