Creía posible vivir de manos sueltas, sin sobornar el agua quieta del equilibro aferrándose a provisión de afecto, a seguridades prepagadas, a saberes o mañas. Entonces era una fe en ella que si no le absolvía de penas, tampoco le ordenaba la humilde condición de apéndice. Ahora atraviesa un mojado entre la gusanera, y aunque quiere entrar de pie a una posible soberanía, se acostumbro a tirarse al piso para no caer muy pesado. Así que, ¡claro!, no cree que el presente tenga más posesiones que cuidar. Ni siquiera tiene más deseos o necesidades. ¿Serán los temores una especie de tesoro? Si es así, lo confieso: tengo miedo a la amargura o al resentimiento, hierbajos que crecen al descuido. Tengo pavor a la demencia que provoca el desentender la malaventura.
No hay comentarios:
Publicar un comentario