¿Quién estimaría nuestras obsesiones más allá de sus intereses?-pensé. ¿Quién se sometería a imaginar nuestras malas fantasías y a padecer sus terrores? No, en eso estamos solos. “Cuando no sufras ven a mi”. Recordaba estas palabras con tristeza mientras respiraba profundamente, casi tratando de sostener el aire para no dejar caer una lágrima, de aquellas que siempre me habían avergonzado. “Cada cual en su jungla, con sus propios enemigos”. Es cierto, nos reímos de los terrores ajenos, de la debilidad de otros. Esa voz que nos dice miedos en prosa intensa solo la escuchamos cada uno. Es una alucinación propia.
Quien ha fortalecido a su conciencia se ha hecho un gran bien: tiene dentro de sí un enemigo íntimo y eficaz. ¿Quien es el otro? Un mundo con sus propias leyes gravitacionales, su atmosfera y su luz.
Yo seguía mi camino esperando que recordara que días atrás la oportunidad había estado allí, atenta a una respuesta, expuesta dócilmente ante sus manos. Es una desazón demasiado molesta. Un ahogo en el entendimiento, un encogimiento en la voluntad, es mucha debilidad sentida en tan poco lugar y tan intensa. ¡Es mi ansiedad mi peor flaqueza! Me abre una tronera de carne lastimada; mi torpor, mi nada compactada en nada esparcida. Una falta de planeta no seria tan vacía. ¿Por qué se me dejo crecer tan vulnerable? ¿Por qué los pasados difíciles me dejaron seguir sin adulteces?
Yo entendía que mi melancolía no siempre me daba buenos concejos, pero no me había dicho que soy quién más sufre. Ni siquiera podía aceptar que sufro. Creo que soy muy dócil a mis terrores, que me entrego como descocida a las tensiones y estrecheces que vive quién vive. Soy yo quien proveo de oscuridad mi ceguera, soy quien más se da dolores en todas las tallas, quizá vistiendo una sola sensibilidad que por extravagante no es sana, y que por eso se esconde en un exceso de carácter.
Y entonces, me preguntaba nuevamente, ¿Cuál será el equilibrio que alcanzamos con la edad? Si las emociones más ligeras las tenemos que compartir para prestarles la realidad que en el interior de nosotros no tienen. Y es que tenemos tanto recurso ficticio para hacernos emociones del mismo material de nuestros miedos que finalmente no sabemos que somos más allá dentro. Tanto hemos bregado por atarnos a seguridades, que al final no podemos respirar sin ansiedad cuando no podemos hacernos una. Con la edad, me han dicho cada vez que luzco confundida, no llegan más que los trucos de la experiencia y aquella manía de encontrar apoyos y realidades “reveladoras” pero supuestas de cada situación desconocida. ¡Que ilusa o que ironía!
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