Soy Laura y apenas caigo en que no lo había dicho. Tantas cosas se creen ya dichas… y es por eso que se entiende tan poco de lo que pensamos, por que no decimos claro lo que más importa. Los rencores, por ejemplo, son al comienzo un pequeño malentendido que no vale la pena, pero como nos guardamos el sentimiento que nos produce, se nos come las entrañas y acabamos con un dolor interior enorme por el que culpamos a otros y hasta al mundo entero. Si no nos volvemos locos es por de buenas. ¿A quién que esté sano se le ocurre fundar basurero en el corazón? Hacemos tanto daño en nosotros que tenemos que hacernos los tontos para no enfermarnos. Todo por seguir preceptos ajenos, modas, morales y catecismos que nos tuercen y retuercen. ¿Cómo empezar a estas al-turas? Si nos oyéramos más el corazón y los intestinos viviríamos mejor.
Soy yo. Y no es tan difícil como fingen las éticas. Cuando no puedo ser me va bien estando. Soy yo otra vez, con toda confianza, logrando que puedo oírme sin demasiadas interrupciones. Aflojo la mano sin pensar demasiado como cuanto mastico algún sabroso alimento que me refresca. Soy yo, hija de mamá por apetito de papá y a consecuencia de no pensarlo mucho ninguno. Ella hubo tramado bien todo, como buena estratega que es. Nada se le pudre en el deseo. El aire se le hace más transparente que a los demás mortales. Papá tiró responsabilidad, pero en esto no es muy bueno. Tan poco, que todavía aun no sabe que mares a-travesó sin mojar la conciencia. Y yo soy. Soy apenas el resultado. Con una imaginación que muerde a su amo. No se como he cumplido los diez y ocho y el espejo me da la cara sin vergüenza. No se que clase de suerte me ha tocado, pero me gusta. Me va mejor que si fuera más astuta, más esforzada, más soñadora. Me va como a mascota de Dios. No recuerdo haber llorado por una buena razón. He llorado por querer llorar, hasta que me ha cansado. No he sufrido entonces. Lo recordaría, supongo. Risa y admiración si he conocido en este mundo. Me he reído hasta de lo que no se debe, según se ha dicho. Lo malo es tener que vivir con otros, extraños, y hasta malignos. Estar obligada por la necesidad a obedecerlos.
Soy una niña con una infancia tramada por mi imaginación, aquella que retorcía al mundo adulto hasta hacerlo caber en el absurdo. Jugaba sobre las camas con mis juguetes. Siempre había un problema que resolver con urgencia. Tenia que ser yo misma un protagonista capaz de todo. Desafiaba todos los peligros por casi una minucia. “En el zócalo de la infancia…. Buaghhh”
Ante los mayores fui una bobita mansa. Me lucía con frases desacostumbradas en una niña, pero en la acción era, y todavía soy, una torpe rematada con muy buena suerte.